La ballena azul: cuento para padres

Poroctubre/73

La ballena azul: cuento para padres

Hace unos días, hubo conmoción por la noticia de un nuevo juego a nivel mundial que llevaba a los chicos y chicas que lo jugaban al suicidio. Aquí, algunas reflexiones.

 

Por Elio Noé Salcedo

“Los que van a morir te saludan”
(Fórmula con la que los gladiadores se dirigían al Emperador en el Circo Romano)

Aunque se trata de un “cuento”, en este caso no se lo cuentan los padres a sus hijos para que se duerman sino los hijos a sus padres cuando están dormidos. Por esa razón, algunos padres todavía no se enteraron de que sus hijos participan de un cuento macabro del que son protagonistas reales y que, en ningún caso, tiene un final feliz. Se trata, en realidad, de un juego siniestro de 50 capítulos, que termina en el suicidio del participante, una vez que se ha convertido, con ese fin fatal, en “una ballena”.

 

Cómo suicidarse jugando
Como sabemos, las ballenas –del color que sean- son animales de esa inmensidad llamada océano, que se acercan voluntariamente a las costas de la mar para morir.
El juego dura 50 días, se juega a través de las redes sociales y existe un encargado o supervisor del juego que se llama “administrador”, quien, de acuerdo al “perfil” del potencial “jugador”, contacta a la víctima para “ir a jugar”.
Entre el Día 1 y el Día 50, el jugador o jugadora (generalmente púber o adolescente), con el objeto de superarse a sí mismo y convertirse en “una ballena” (¿?), debe neutralizar sus miedos (tal vez ésta sea la clave psicológica del juego), a través de toda clase de tajos, incisiones y castigos en su cuerpo (manos, brazos, labios y piernas) con objetos cortantes; levantarse a la madrugada para mirar videos de terror; escuchar música triste, indicada por el administrador; subirse a lugares altos y peligrosos en la madrugada; responder a desafíos cifrados, seguramente tan peligrosos como los anteriores; conocer el día de su muerte, anunciada por el propio administrador; y, finalmente –el día 50-, saltar desde un edificio (el más alto posible) para quitarse la vida.
Si alguien te dijera que te levantés a las 4:20 am para ver videos de terror, escuchar música triste, subirte a una cornisa peligrosa, cortarte los labios o el cuerpo con un cuchillo o una hoja de afeitar, castigarte de todas las maneras posibles y luego enviar fotos de todas esas truculencias al administrador del juego, para terminar suicidándote, dirías que estamos todos locos. De eso se trata este juego.
Cabría preguntarse cómo y por qué hemos llegado a ese punto, por un lado, y qué podemos hacer para detener una situación de riesgo para nuestros hijos que, por otro lado, parece desbordada. ¿A qué puede obedecer que un joven o una joven se expongan al castigo de su propio cuerpo y a la muerte incidental o al suicidio?

 

La “Edad Mediocre”
Hace unos años intentábamos dar una explicación a parecidas circunstancias, y decíamos que había que prestar atención al tipo de sociedad en la que vivimos. Afirmábamos que en esta sociedad y en esta época –la Edad Mediocre- “nuestros niños y jóvenes no tienen horizontes trascendentales; y sin horizontes y trascendencia la vida no tiene sentido” (2007).
En un artículo dedicado a la tragedia de “Cromañón” (Revista Ñ, 2005), refiriéndose a esa falta de horizontes y sentido de la vida, Cecilia Fumagalli advertía que “se requieren proyectos que aspiren a disminuir los efectos catastróficos (un suicidio o la muerte de 194 jóvenes) y a instituir nuevas formas de vínculos que eviten la deshistorización, el desamparo, la pérdida de la identidad y de la autoestima”. En efecto, no creer ni saber que formamos parte de una sociedad (deshistorización), sentirnos excluidos de un sentir o un destino colectivo (pérdida de identidad social), “sentirnos solos en el mundo” (desamparo), puede jugar en contra de nuestra integridad mental, gracias a ese individualismo enfermizo del que hablaba Jung. Muchas veces, la soledad, y sobre todo la exclusión, nos matan o nos llevan al suicidio, que es un acto individualista, solitario y letal por antonomasia.
¿Qué interés mueve al administrador de La ballena azul? ¿Qué interés mueve a los consumidores de La ballena azul? ¿Quién administra la vida de nuestros hijos? Antes éramos los padres; ahora es la televisión, Internet, el celular, las redes sociales, la tecnología digital. Ya lo advertían Horkheimer y Adorno en 1944: “El ambiente en el que la técnica conquista tanto poder sobre la sociedad es el poder de los económicamente más fuertes sobre la sociedad misma”.
Resulta ya una verdad de Perogrullo que los juegos que se viralizan a través de las redes sociales tienen intereses distintos a los de la familia y a los de la escuela (organizaciones gregarias por naturaleza), neutralizadas por los multimedios que dominan la vida actual. A los multimedia no los inspira el amor maternal, filial o fraternal, como en la familia; ni el interés fundamental por acceder al conocimiento, como en la escuela. La crisis de estas formas gregarias de convivencia personal, seguramente algo tienen que ver con el individualismo extremo (individualidad patológica y letal) en la sociedad actual.

 

El primer paso
¿Pueden sentirse nuestros hijos incluidos en una sociedad que no es inclusiva? ¿Se sienten nuestros hijos incluidos en esa primera forma gregaria que es la familia? ¿Se sienten incluidos en alguna otra forma gregaria? ¿O lo único que los hace sentirse incluidos es el “mercado”: como “consumidores” y a la vez “mercancías”?
¿Los padres se hacen las preguntas que nos hacíamos nosotros a los 20? De seguir la lógica de “la ballena azul”, tal vez nuestros hijos no lleguen a esa edad en la que los que hoy somos abuelos nos hacíamos esas preguntas. Eso conforma ya una tragedia, más cuando en la Argentina existen 7 millones de chicos entre 10 y 19 años, y en 2016 hubo 800 casos de adolescentes suicidados por diversas razones (Czubaj, La Nación, 16/05/17).
Atrapados en la burbuja tecnológica y/o digital -por algunas de las razones señaladas-, el adolescente suele abandonarse, deprimirse, frustrarse y/o, como en este caso, jugar consciente o inconscientemente con la muerte.
Si nuestros hijos, como dicen los psicólogos, “tienen fuerte resistencia a la frustración”, o los padres “no saben poner límite a sus hijos” o “no saben decirles que no”, como cuestionan los mismos que propician un sistema “liberal” -sin controles ni regulación-, tal vez no nos quede otra salida que cuestionarnos (preguntarnos) e intentar nuevamente explicarnos -y ayudar a nuestros hijos a cuestionarse y explicarse- cómo y por qué las cosas funcionan histórica, política, social y psicológicamente “así”. Ese es el primer paso para cambiar tal estado de cosas. //

 


octubre/73, edición Nº 31, Año V – Mayo de 2017

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